Llovía. Llueve. Lloverá.
Managua huele a lluvia, una vez más.
De
pequeña me encantaba ponerme las más altas botas de agua que tenía, dos
o tres jerseys y salir afuera, saltar en los charcos un rato,
ensuciarme, mojarme y repetirlo en desorden.
La verdad, creo
que de pequeños todos éramos así, tan inocentes y no, no diría que
éramos más frágiles que ahora. Teníamos capas y capas de protección, a
la mínima herida salían varias personas a nuestra ayuda, nos cuidaban y
nos decían que íbamos a estar bien. Incluso a alguno nos daban algún
caramelo para endulzar el amargo momento, ¿ahora? Ahora cáete y con suerte una persona te ayuda a levantarte.
Pero que me voy; volvamos con la lluvia.
Para
los enamorados, una tarde de lluvia puede ser la mejor de las tardes,
entre risas, gotas de agua y besos que hacen libres bajo lluvia de
irreversibles mares; en cambio, para los corazones rotos una tarde de
lluvia puede hundir y ahogar más, porque, no me podés negar que si
estas triste y llueve; todo empeora.
Quizás estabas en una buena racha, pero con la lluvia tu estado de ánimo se vuelve gris.
Los
corazones que están sanos algunos se caerán, romperán y empezará a
llover por dentro de ellos, en cambio los otros seguirán sanos y
abrigados en las peores tempestades. Los rotos, algunos ya habrán muerto
ahogados en lluvia de alcohol y lágrimas propias, otros rotos seguirán
rotos, arrastrándose como puedan con la esperanza de ver la luz en el
oscuro túnel y los últimos habrán encontrado ese rayo de sol al que
aferrarse en mitad de una de esas tempestades.
La lluvia, sin embargo, jamás desaparecerá. Todo es aprender a nadar, remar o bucear y nunca parar de hacerlo.