viernes, 26 de diciembre de 2014

Llovía. Llueve. Lloverá.

Gota tras gota se van deslizando en el cristal.
Managua huele a lluvia, una vez más.
De pequeña me encantaba ponerme las más altas botas de agua que tenía, dos o tres jerseys y salir afuera, saltar en los charcos un rato, ensuciarme, mojarme y repetirlo en desorden.
La verdad, creo que de pequeños todos éramos así, tan inocentes y no, no diría que éramos más frágiles que ahora. Teníamos capas y capas de protección, a la mínima herida salían varias personas a nuestra ayuda, nos cuidaban y nos decían que íbamos a estar bien. Incluso a alguno nos daban algún caramelo para endulzar el amargo momento, ¿ahora? Ahora cáete y con suerte una persona te ayuda a levantarte.
Pero que me voy; volvamos con la lluvia.
Para los enamorados, una tarde de lluvia puede ser la mejor de las tardes, entre risas, gotas de agua y besos que hacen libres bajo lluvia de irreversibles mares; en cambio, para los corazones rotos una tarde de lluvia puede hundir y ahogar más, porque, no me podés negar que si estas triste y llueve; todo empeora.
Quizás estabas en una buena racha, pero con la lluvia tu estado de ánimo se vuelve gris.
Los corazones que están sanos algunos se caerán, romperán y empezará a llover por dentro de ellos, en cambio los otros seguirán sanos y abrigados en las peores tempestades. Los rotos, algunos ya habrán muerto ahogados en lluvia de alcohol y lágrimas propias, otros rotos seguirán rotos, arrastrándose como puedan con la esperanza de ver la luz en el oscuro túnel y los últimos habrán encontrado ese rayo de sol al que aferrarse en mitad de una de esas tempestades.
La lluvia, sin embargo, jamás desaparecerá. Todo es aprender a nadar, remar o bucear y nunca parar de hacerlo.

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